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Los sentimientos

«Si es preciso inflamar en todas ocasiones el espíritu del soldado que se lleva a los peligros, nunca es tan conveniente como en estos en que solo una audacia particular produce buenos resultados. El jefe de destacamento que se determina a atacar un puesto, debe suponer siempre que comprará algo cara la victoria, y que conseguirá más ventajas con la idea que sepa inspirar de superioridad, que con sus medios físicos. Es una reflexión que ocurre en la mayor parte de los lances de la guerra.» Evaristo San Miguel, Elementos del arte de la guerra, 1826.

Nada hay más común en un humano que sentir. Se encontrarán ustedes con personas en la China, en la República del Congo o en el mismísimo centro de Manhattan, que han sentido alegría al reencontrarse con un ser querido al que hacía tiempo que no veían o que se han enfadado cuando alguien se han mostrado maleducado con ellas. Esta homogeneización del ser humano es lo que, según «expertos en empatía» (por favor, nótese la ironía), nos hace ser una única hermandad de almas


Es uno de los recursos más usados en Oratoria: no habrá asesor de portavoces que no le diga a su asesorado que se muestre «cercano» o «más humano» (como si cualquiera de nosotros, homo sapiens, pudiésemos renunciar a ser, sencillamente, humanos).

Acercarse a un público, ganárselo para que te escuche usando el pathos, las emociones, es algo muy frecuente y que, desde luego, no hemos inventado hoy (se viene usando desde la Atenas de Sócrates, aunque haya quienes se empeñen en hacerlo novedad ahora). La peculiaridad de nuestros días es que ese pathos, esos sentimientos, que eran la puerta de entrada para el argumentario razonable y razonado han ocupado todo el espacio del discurso.


Y nada de malo hay en que esto ocurra así si de lo que se está hablando es de sensibilidades, pero a nadie se le escapará el peligro que supone cuando, por ejemplo, se estén decidiendo el destino de cada céntimo de unos presupuestos generales del Estado.


El filósofo Gustavo Bueno solía responder a quien le espetaba eso de «¡yo me siento de izquierda/derecha!» (elija usted la opción que más le convenga o incomode) un «¡pues yo me siento registrador de la propiedad!». Porque como cada cual «se sienta» servirá para decidir sobre cuestiones privadas, pero no podrá ser el timón de decisiones públicas. Servirá, como dice la cita del comienzo, para que inflamar al soldado que va a la batalla suponga que atacar un determinado objetivo es loable, digno, heróico, incluso útil, pero no para que se decidan los objetivos. Esas decisiones deberían estar guiadas por la razón. Casi da vergüenza tener que decirlo.


#Oratoria #Comunicación


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