Los modos de ser

«El discurso se organiza para el oyente como si fuera un juez» (Aristóteles, Retórica)

No es fácil decir qué es correcto cuando hablamos en público. Podemos convenir en que la corrección es ajustarse a determinadas normas, pero todo esto queda en entredicho si hacemos caso a Aristóteles cuando dice que «el discurso se organiza para el oyente como si fuera un juez».


Así las cosas, lo que nos ofrecen los clásicos (Isócrates, Aristóteles, Quintiliano, Cicerón…) es un conjunto de normas en las que la pericia de un buen orador dependerá, no tanto de un uso estricto y diligente de las mismas, cuanto en saber cuándo usar unas y descartar otras.



Para esto será imprescindible conocer a nuestro público, que no siempre será el mismo y que no siempre estará en la misma disposición de ánimo; y con este objeto, de nuevo Aristóteles, nos ofrece una guía de los modos de ser que sigue vigente hoy, veinticinco siglos después (algo que, si lo piensan bien, no deja de ser extraordinario en una sociedad en la que la vida cambia a golpe de tuit).


Estos «modos de ser» los organiza en relación a las emociones (ira, deseo, &c.), los estados (excelencias y vicios), las edades (juventud, madurez y vejez) y la fortuna (riqueza, recursos, y buena y mala suerte). La sencillez y claridad en la exposición contrasta con la complejidad de las posibles combinaciones que se derivan de estos modos y que hacen tan complicado persuadir o deleitar al público.



Si fuera una tarea sencilla estaríamos rodeados de grandes oradores y, sin embargo, la realidad apunta a que esto no es así. Es muy importante no confundir tener facilidad de palabra con ser un buen orador: digamos que lo primero es condición necesaria, pero no suficiente, para convertirse en un gran retórico.

«Hablar bien» es saber combinar y descartar toda una serie de reglas y normas que tendrán un encaje perfecto en una situación determinada, por eso, si me permiten el consejo, desconfíen de quien les prometa el cielo de la Oratoria en «5 sencillos pasos» o «siguiendo estos 10 consejos», porque seguro que les entretendrá, pero no les servirá para mucho. «Persuadiráte el engaño, pero no te engañará la persuasión» (Pedro Espinosa, Panegírico al señor don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, 1629).


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