La miseria

A la hora de hablar en público debemos tener presente que, en los cimientos de lo que construyamos, debe haber siempre algo que contar. No es necesario que sea brillante, ni ingenioso, ni tan siquiera novedad fabulosa, pero tiene que haber algo.


Se estarán diciendo a si mismos que menuda tontería (por obviedad) que les estoy contando. Lo acepto, pero déjenme unas líneas de defensa para intentar convencerles de lo contrario, de que lo que digo no es ninguna perogrullada (1):

«Esta respuesta común es tremendamente positiva, que además va a situar esa respuesta compartida para seguir haciendo frente al mayor reto de país que tenemos, un reto que vuelve a presentarse como un gran desafío, por cuanto que los números están ahí y, sobre todo, la necesidad de hacer una conciencia también compartida. Una conciencia compartida de actuar de manera conjunta, la conciencia de que desde la gobernanza avanzamos más y que damos respuesta desde un marco común.»

Si han entendido algo del párrafo anterior, desde ya, les profeso mi más profunda admiración. Pero si lo que les ha ocurrido es que no han entendido absolutamente nada, no se preocupen, porque lo que realmente ocurre es que no se entiende nada. Cuando hay confusión en un discurso se puede deber a varios factores, pero el que más abunda en política es que no hay nada que contar.



La necesidad de tener que estar llenando espacios en prensa, radio, televisión y redes sociales hace que, más frecuentemente de lo que sería deseable, el discurso político se convierta en enredo incomprensible o en pura charlatanería. No por mala fe, sino por mandato del asesor político de turno. Se han impuesto el criterio del horror vacui, el horror al vacío, desoyendo el sabio consejo que Aristóteles nos daba en su Retórica: «amontonar palabras no contribuye a la claridad».


De aquí que, aunque no haya nada que contar (al menos, nada interesante), existan personas que se lancen a iniciar un discurso que, casi con seguridad, acabará en tragedia. Su salvavidas hoy es lo que se podría llamar el «efecto ballena»: a fuerza de oír disparates retóricos como el que les ponía de ejemplo al principio, nos hemos ido blindando de la peor manera contra la charlatanería (lo mismo que ocurrió en los 80 con el famoso grito de «salvemos a las ballenas»).

La miseria a la que alude el título de este texto no hace referencia, aunque bien podría, a la baja calidad oratoria del hablante o a lo disparatado del discurso, sino a la indigencia moral de quien, a sabiendas de lo que está haciendo, engaña con enredos y palabrería.


(1) De la cita, permítanme que no les diga a quién pertenece, solo tienen que saber que es rigurosamente cierta. Esto pasó.


#Oratoria #Comunicación

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