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  • el gallo de asclepio

La vergüenza

«Sócrates.— Pero lo que sí es vergonzoso, es el no hablar ni escribir bien, sino mal y con torpeza» (Fedro).

Todos oímos y leemos cosas que causan vergüenza, pero no la vergüenza a quien debería (a quien habla o escribe torpemente), sino la ajena (a quienes escuchan o leen pacientemente); porque es tal la alegría de algunas manifestaciones públicas, que hacen que se ponga en entredicho la supuesta prudencia a la hora de hablar o escribir que, en principio, otorga (el también supuesto) «sentido común».


La cuestión toma un cariz (me van a permitir la expresión) casi dramático, cuando tomamos conciencia de que aquí da lo mismo decir «so» que «arre»: que no importa si la metedura de pata ha adquirido dimensiones bíblicas (como las plagas), porque consumimos información a tal velocidad que no hay tiempo para criticarla (en el sentido del que ya hablamos en otro artículo de este blog). Y así las cosas, lo mismo vale decir que «vivir» se escribe con «b», o que el político de turno mató a Manolete. Lo verdaderamente vergonzoso no es el error, sino la escasa o nula disposición para enmendarlo.

Dice el refrán que «quien tiene boca se equivoca» y no hay nada más cierto que esto. Equivocarse forma parte de «la normalidad» de hablar en público, una tarea que tiene poco que ver con un don y mucho con una técnica. Dicho en román paladino: todas las intervenciones públicas requieren un trabajo previo (qué quiero decir, en qué orden, cómo lo voy a decir, &c.) y el éxito no dependerá de ninguna cuestión genética sino del tiempo que le hayamos dedicado a esa tarea. Como en un examen, cuanto más tiempo le hayamos dedicado a estudiar, más probabilidades de éxito tendremos.


Así que asumido que la posibilidad de equivocarse es cierta y real, habrá que aprender a afrontarla, si es que se produce. La forma más solvente de hacerlo es la normalidad, es decir, no intentar enmendar el error tapándolo con una verborrea sin sentido (táctica muy frecuente y poco eficaz), sino reconocer el equívoco (incluso compartirlo con la audiencia, si ha sido garrafal) y retomar el discurso en el momento previo al error.


Lo ideal, ya les digo, es que piensen con detenimiento qué van a decir o escribir (¡y más si están usando redes sociales!) y se tomen un tiempo para meditar sobre sus palabras antes de que salgan por su boca o por su pluma. Acudiendo de nuevo al refranero popular, compendio de filosofía mundana, les pido que graben a fuego en sus mentes el siguiente dicho: «para bien hablar, lo primero es bien pensar».

#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

© 2016 por el gallo de asclepio.

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