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  • el gallo de asclepio

La oportunidad

Pienso que hay pocos entre los hombres que no puedan decir con verdad aquello que dijo Simónides: «Me pesó muchas veces haber hablado, y nunca haber callado». Lo que por callar se peca, con hablar a las veces se remedia, pero la palabra después de dicha no puede dejar de ser dicha. En todo está bien la moderación, y mucho mejor en la habla […] No hay cosa más excelente que el breve y discreto hablar, y por esto dijo muy gravemente uno que para hablar eran nuestros maestros los hombres, y para callar era nuestro maestro Dios. Brevedad en la habla. Raramente habla Dios con los hombres, y cuando habla es breve y muy pesado lo que dice; los dichos de los sabios muy breves eran, como parece por los dichos de Pitágoras, de Sócrates y de otros. ¿Qué cosa ay más excelente que las sentencias y dichos de los ilustres varones, que de sentencia se encierra en tan breves palabras? (Bernardo Pérez de Chinchón, La lengua de Erasmo nuevamente romançada por muy elegante estilo, 1533)

No hay nada más desconcertante que la palabra dicha a destiempo. Hay quienes tienden a confundir oratoria con verborrea, hablar bien con hablar a raudales, poniendo únicamente de manifiesto su propia falta de sabiduría sobre lo que la oratoria es y sobre lo que nos puede enseñar.


Si bien es cierto que en estos tiempos que corren se ha impuesto la incontinencia verbal para solventar cualquier tipo de pregunta incómoda, créanme si les digo que sus resultados no suelen ser nada buenos. Amén de aburrir al personal (que ya es bastante grave), se corre el peligro de caer en uno de los delitos de la palabra más extendidos: hablar por demás.

En este «hablar por demás» cabe el momento en el que se dicen solemnes tonterías y también cabe el momento en el que se dicen cosas que no se deberían decir. En cualquier caso, el resultado es el mismo: convertirse en una persona bocazas. Sobra decir que esto es algo que hay que intentar evitar siempre y por todos los medios.


¿Cuál es la mejor forma de hacerlo? El silencio. No se lancen a opinar sobre todo lo humano y lo divino porque sí, porque crean que tienen una obligación moral con la Humanidad. En absoluto. Hablen siempre que les inviten a hacerlo y/o tengan algo fundado que decir al respecto. Hablen siempre que sea oportuno.


La dificultad estriba, por supuesto, como ya habrán podido imaginar, en detectar esa oportunidad. Les dejo tres sencillas reglas, que si bien no son infalibles, les pueden sacar de algún apuro: no hablen de lo que no sepan, no pretendan aparentar que saben más de lo que dicen saber y opten sin pudor por el silencio, porque como dice la cita inicial «pesa mucho más lo hablado que lo callado».

#Oratoria #Comunicación

© 2016 por el gallo de asclepio.

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