La ofensa

Ofender no está bien visto. Y no es intención de quien esto escribe comenzar, aquí y ahora, una loa del agravio, pero (como casi todo en esta vida) no se puede reducir al dualismo bueno/malo y exige detenerse un rato en su revisión.


Convendremos en que la ofensa soez no gusta a nadie y debe ser eliminada de cualquier conversación, no tanto por lo vulgar, cuanto por su falta de ingenio, que es donde reside, principalmente, la mala fama del baldón. Si aceptamos esto habremos ya dado un gran paso a la hora de admitir que la ofensa bien hecha (con gracia, talento y chispa) merecerá, si es menester, un hueco en nuestros discursos.


Cuenta Pio Baroja en sus memorias que el filósofo Miguel de Unamuno y el histólogo Santiago Ramón y Cajal no se tenían en la mejor de las consideraciones. De todos era sabido que su relación no era buena y relata que, en una ocasión, Unamuno dijo sobre Cajal: «No sé qué ha hecho en histología; pero en lo demás no dice mas que vulgaridades». Sin mediar una sola palabra mal sonante, la ofensa (no sé si merecida… Queda como secreto de la Historia) es más que evidente, no tanto por lo de «decir vulgaridades», cuanto por lo de despreciar su trabajo como histólogo, cuando ya le habían dado el Premio Nobel al aragonés.


Se oye (y mucho) reprender a sus señorías en el Congreso por enzarzarse en insultos y broncas, que bien está, pero más se les debería censurar por su falta de inventiva y buena disposición para la oratoria ingeniosa e inteligente. Porque tan dañino puede ser escuchar una retahíla de insultos chabacanos, como una lisonja aburrida y sin chicha.

Otro de los grandes personajes que dominaron la ofensa de forma casi magistral fue, sin duda, el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer. Su lengua era afilada y, desde luego, parecía no dejarse nada dentro cuando se trataba de «describir» aquello que le rodeaba. La animadversión por su gremio, especialmente, los profesores de filosofía en Alemania, se hizo manifiesta cuando afirmó que no había «que mantener en cada Universidad a unos cuantos charlatanes insulsos para que les arruinen de por vida a los jóvenes el gusto por la Filosofía». De Hegel decía que era un «dilapidador de papel, tiempo y cerebros», un «incomparable garabateador de disparates» y le acusaba de «dejar inservibles los cerebros de los jóvenes». Se podrá o no estar de acuerdo con Schopenhauer, pero se disfruta mil veces más de su pluma, que del mejor de los relatos aduladores que podamos encontrar.

Que nadie pierda de vista que, como decía Baltasar Gracian, es necesario «cobrar fama de cortés» porque «la cortesía es el mayor hechizo político de grandes personajes». Ahora bien, tengamos claro también que la cortesía no ha de estar reñida con la ofensa, siempre y cuando la segunda responda a unos estándares de ingenio que debería ser obligatorios (otro día tendremos que hablar del enorme daño que hace el hastío).

En estos tiempos extraños que vivimos lo cortés le ha ganado la batalla a la ofensa, a la que, por imposición de lo políticamente correcto, hemos arrinconado, aun cuando haya razones más que sobradas para ofender. Si son ustedes de esta opinión, solo déjenme recordarles que la cortesía no excluye, en modo alguno, a la estupidez: se puede ser, al mismo tiempo, perfectamente cortés y perfectamente imbécil.


#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

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