La mentira

«El mentir es infamia, es ruindad, es vileza. Un mentiroso es indigno de toda sociedad humana; es un alevoso, que traidoramente se aprovecha de la fe de los demás para engañarlos. El comercio más precioso, que hay entre los hombres, es el de las almas: éste se hace por medio de la conversación, en que recíprocamente se comunican los géneros mentales de las tres potencias, los afectos de la voluntad, los dictámenes del entendimiento, las especies de la memoria. ¿Y qué es un mentiroso, sino un solemne tramposo de este estimabilísimo comercio? ¿Un embustero, que permuta ilusiones a realidades? ¿Un monedero falso, que pasa el hierro de la mentira por oro de la verdad? ¿Qué falta, pues, a este hombre para merecer, que los demás le descarten como trasto vil de corrillos, inmundo ensuciador de conversaciones, y detestable falsario de noticias?» Benito Jerónimo Feijoo, «Impunidad de la mentira», Teatro crítico universal, Tomo sexto, Discurso noveno.

Dice el refrán que la mentira(*) tiene las patas muy cortas y, sin embargo, hay mentiras que calan con tan fuerza que es casi imposible que no pasen por verdad. A ello contribuyen muy notablemente dos cuestiones: la magnífica tolerancia que hay con el mentiroso declarado (aquel del que no se sospecha que miente, sino que se tiene absoluta certeza de que lo hace) y que vivimos tiempos en los que el volumen de engaños excede con mucho la capacidad para desenmascararlos.


Habrá que alabar a quien propaga una mentira su buen hacer para que (por decirlo en términos actuales) se haga «viral». Esto es en si mismo un mérito que no se puede dejar de reconocer. Pero estaríamos cometiendo el mayor de los pecados, si no reconociéramos también que, en este asunto del engaño y la mentira, tiene que haber una parte que tenga intención de mentir y otra que se crea la mentira.

Reconozcamos, sin miedo, que vivimos tiempos en los que nuestras tragaderas son enormes y nuestro cuestionamiento de las cosas es diminuto (les digo también, por si les consuela en algo, que esto ha pasado casi desde el principio de los tiempos… ¡Claro que en el principio de los tiempos no tenían Internet!). George Orwel decía que la clave era que todos estábamos dispuestos a creer cosas que sabíamos que no eran ciertas y que ver lo que teníamos delante de las narices requería de una lucha constante.

Sea como fuere, tampoco vamos a flagelarnos aquí por ser susceptibles de caer en el engaño (¿¡y quién no ha sido engañado en alguna ocasión!?). Lo que habrá que hacer es empezar por conocer al enemigo y saber de las armas de las que dispone para colarnos sus mentiras («pensar es pensar contra alguien»).

Pongo como ejemplo una herramienta muy común del mentiroso: el argumento ad nauseam. Este argumento retórico es el que dice que una cosa repetida muchas veces se convierte en verdad. Si usted, en alguna ocasión, ha entrado en internet para comprobar en algún buscador cómo se escribía una palabra y ha hecho buena la forma de escribir que más resultados le devolvía, usted ha sido víctima de esta falacia. Si usted ha dicho en alguna ocasión eso de «todas las televisiones lo dicen», también ha caído en las redes de este truco retórico. Recuerde que no basta con que muchos digan lo mismo para que algo sea verdad: piense, por ejemplo, en quienes afirman que somos seres de luz y el uso de la mascarilla es puro camelo en plena pandemia mundial con millones de muertos, o en las moscas que, a millones, van a degustar el más asqueroso de los excremento. Miles de moscas no convierten ningún detrito en delicioso manjar.


(*) Permítanme salvar de la quema a dos tipos de mentiras (que darían para otros artículos): la piadosa y la oficiosa.


#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

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