La magia


No es nada extraño escuchar hablar en estos días del «poder transformador de las palabras». Hay quien lo hace sabiendo lo que dice… y hay quien lo dice sin saber muy bien qué está diciendo. Se podría afirmar que la distancia entre unos y otros en la misma que media entre razón y superstición.


Es verdad que a lo largo de la historia nos sobran ejemplos de discursos que «cambiaron las cosas» y que todavía hoy recordamos como momentos cumbre de distintos acontecimientos históricos (bien como inicio de los mismos, bien como conclusión): Cicerón y los límites de su paciencia con Catilina («Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?»), Winston Churchill y su discurso a los británicos en 1940 («sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor»), Mijail Gorbachov renunciando a su cargo como Presidente de la Unión Soviética en 1991, &c.


Desde Quintiliano, Cicerón, pasando por Orwell, hasta el infame Adolf Hitler sabían que las palabras podían ser poderosas herramientas para cambiar (o mantener) el statu quo. Pero poderosas en cuanto que cada palabra encierra una idea y un significado, en tanto que transporta argumentos, que son los que verdaderamente convencen y conmueven.



Atribuirle a las palabras otro «poder» distinto al de ser el vehículo de las ideas es concederles facultades que no poseen. Es promover la charlatanería. Es, en definitiva, pensamiento mágico.

Y no hay que negarle a esa palabrería cierto influjo distorsionador, cierta capacidad para enturbiar la realidad, en la misma línea que denunciaba Francisco de Quevedo, en 1635, hablando del triunfo de los sofistas (malos) en la antigua Grecia y Roma: «entonces […] las oraciones santificaban delitos y condenaban virtudes, y, reinando la lengua, los triunfos yacían bajo el poder de las palabras».


Las palabras por sí solas no curan, las palabras por sí solas no hacen desaparecer los problemas, las palabras por sí solas no son mágicas. Las palabras son únicamente (¡y ya es bastante!) la forma en que expresamos nuestros pensamientos y nuestras intenciones, nuestros planes y programas.

Oímos hablar de forma completamente acrítica, como decíamos al principio, del «poder transformador de las palabras», como si tuvieran cualidades sobrenaturales, obviando que la capacidad transformadora viene de los argumentos que convencen. Sin argumentos, sólo tenemos palabras que suenan bien. ¿Podemos caer bajo su influjo? Las respuesta es, sin duda alguna, sí; pero conviene tener siempre presente una magnífica pieza de filosofía mundana que recuerdo para finalizar: «de las palabras no el sonido, sino el sentido».

#Oratoria #Comunicación #Hablar #Pensar

© 2016 por el gallo de asclepio.

  • Facebook de el gallo de asclepio
  • White Twitter Icon
  • Instagram de el gallo de asclepio