La fatiga

«ese valor un poco ridículo de los párrafos redondos y de las palabras raras que sugestiona a todos los papanatas de nuestra literatura, que creen con su buen cerebro lleno de fórmulas amaneradas que la palabra desconocida y el runrún del párrafo es el máximo de la originalidad y del pensamiento.» Pío Baroja

Mucho se ha usado en las últimas semanas la palabra «fatiga». Se la hemos oído a ministros, presidentes, periodistas, tertulianos, opinadores y personas de todo tipo de condición y pelaje; y todas, sin excepción, la usaban para referirse al cansancio que la situación provocada por la Covid-19 estaba generando en la población.


«Fatiga», a pesar de no ser una palabra extraña, tampoco está dentro del lenguaje más ordinario, aunque desde el 2017 parece que va remontando su uso. La cuestión es que bien se podrían haber usado otras palabras más «cercanas» como la propia «cansancio». Pero no, se implantó el uso de «fatiga». Según el listado de frecuencia de uso del CREA (Corpus de referencia del español actual), la palabra «fatiga» ocupa el puesto 6878 entre las más usadas, 2186 puestos por debajo de la palabra «cansancio». Supongo que a estas alturas ya estarán mareados de cifras, pero sirven para atestiguar que pudiendo haber usado una palabra más próxima, se impone el uso de otras que, aunque aceptables, podrían no ser las más adecuadas.

oratoria & comunicación

Decía Aristóteles en su Retórica que «las palabras raras, las compuestas y las inventadas» debían usarse poco y en pocos pasajes, de la misma manera que había que buscar la palabra adecuada porque «una palabra puede ser más precisa que otra, más semejante y más apropiada para poner la cosa ante nuestros ojos». ¿Qué es, entonces, lo que se nos está poniendo ante los ojos con este abuso del lenguaje inventado y poco común? Sencillamente, el oscurecimiento del mensaje.


La verborrea, el uso de neologismos, palabros, el abuso de recursos retóricos en la prosa provoca que la claridad desaparezca casi por arte de magia, y que, en su lugar, obtengamos una apariencia de entendimiento que dista mucho de ser algo comprensible.


Otro de los terribles efectos de esta detestable forma de comunicarse es (de nuevo en palabras del filósofo griego) la «frialdad en la expresión»: alejar al oyente del que habla, algo que, en principio, no debería ser objeto del buen orador.


Termino ya, por no fatigarles demasiado, recordando que la claridad es una virtud del buen orador, lo contrario es atributo del charlatán.


#Oratoria #Comunicación

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