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  • el gallo de asclepio

La falta

«Como no saben su propia lengua, porque no se sirven tomar el trabajo de estudiarla, cuando se hallan con alguna hermosura en algún original francés, italiano o inglés, amontonan galicismos, italianismos y anglicismos, con lo cual consiguen todo lo siguiente: 1.º Defraudan el original de su verdadero mérito, pues no dan la verdadera idea de él en la traducción. 2.º Añaden al castellano mil frases impertinentes. 3.º Lisonjean al extranjero, haciéndole creer que la lengua española es subalterna a las otras. 4.º Alucinan a muchos jóvenes españoles, disuadiéndoles del indispensable estudio de su lengua natal.» José Cadalso, Cartas marruecas, 1789

Resulta sorprendente la cantidad de gente a la que le importa un comino si escribe bien o mal. Y no me refiero a si su pluma se acerca a la de Cervantes o no, sino a algo tan básico como escribir sin faltas de ortografía o atendiendo a las normas de la gramática. Que nadie se llame a engaño: del pecadillo de la falta de ortografía nadie está libre, aunque lo que definitivamente nos llevará al infierno es no preocuparse de cómo escribir bien. Es decir, el problema no reside tanto es escribir (o hablar) mal, sino en no tener el más mínimo interés por hacerlo bien.


En esta época de postureo ignorante triunfa la idea de que cuanto menos te preocupas de cómo escribes (o hables) más genuino es tu discurso. ¡Menuda gansada (y que me perdonen los amantes de los gansos)! La justificación para tamaña majadería tiene que ver con la supuesta superioridad de lo emocional sobre lo racional, y que aquello que se escribe con apasionamiento es «más auténtico» que aquello que se ajusta a una norma. Y bajo esta premisa se abre un mundo en el que, por ejemplo, «superávit» se puede escribir mal de varias formas distintas y todas ellas igual de vergonzosas.



Otro de los pilares de esta impostura moderna es el uso ad nauseam de anglicismos innecesarios (skill, runner, workout o restyling) y acrónimos incomprensibles (¡ni un pedante sin su acrónimo!). Se puede dar también la lamentable combinación de estos usos, es decir, usar acrónimos que solo se entienden en inglés. Por ejemplo: CEO, acrónimo de «Chief Executive Officer», para hablar de «director ejecutivo», o AR, acrónimo de «Augmented Reality», para hablar de «realidad aumentada».


La fascinación por el uso innecesario del inglés y la necesidad de evidenciarlo pone de manifiesto otra engañifa muy extendida: que quien escribe o habla de esta manera domina tanto el español como el inglés. No digo que en todos los casos, pero en un buen número de ellos evidencia todo lo contrario: ni chicha, ni limoná; que ni se sabe hablar español, ni se sabe hablar inglés, o que, si se quiere, se usa de forma torticera el inglés, para paliar un pobre uso del español.


El poeta Pedro Salinas explicó mucho mejor de lo que aquí se describe el drama de esta nueva pedantería, así que con él terminamos: «¿No nos causa pena, a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que al querer explicarse, es decir, expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiese querido decirnos? […] Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión.»


#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

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