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La excelencia

«Danse gran prisa algunos por salir y mostrarse en el universal teatro, y lo que hacen es placear su ignorancia, que la desmentía el retiro: no es ésta ostentación de prendas, sino un necio pregón de sus defectos; pretenden, en vez del timbre de su esplendor, una nota que infame sus desaciertos.» Baltasar Gracián, El Discreto.

Si goza ya de cierta edad (y ha superado la fase ingenua del «si quiero, puedo», más propia de la infancia) no les sorprenderá en absoluto la siguiente afirmación: la excelencia es algo muy difícil de alcanzar. Y cuando digo «alcanzar la excelencia» quiero decir «lograr una calidad superior». La Oratoria, como se puede imaginar, no escapa a esa aseveración: hablar bien requiere mucho trabajo, mucho estudio y mucha práctica.

Lo que me interesa dejar claro es que un discurso bien armado tiene un método que, por supuesto, no hemos inventado aquí y que, dicho en román paladino, es más viejo que el comer. La elaboración de un buen discurso responde a un canon que se conoce con el nombre de «canon de la Retórica». Esta guía consta de cinco partes, lugares por los que hay que pasar para conseguir la excelencia de la que hablábamos al principio: invención (qué vamos a contar), disposición (en qué orden), elocución (de qué forma), memoria y acción.

Para que un discurso sea extraordinario debe ser impecable en cada uno de los cinco tramos de su construcción. No debe fallar en ninguno de ellos. De ahí que sea tan complicado asistir a discursos magistrales, porque no es fácil componer una pieza oratoria excelente en cada uno de sus pasos.



Aunque no sería justo, ni verdadero, decir que lo que no es excelente es, sencillamente, malo, lo cierto es que en los últimos tiempos (meses) se ha dado un curioso fenómeno que viste de histórico o sobresaliente el discurso que es completamente mediocre: bueno en alguna de sus partes y malo en otras. ¿Cómo puede ocurrir esto? ¿Cómo puede ocurrir que un discurso malo pase por bueno? Principalmente porque la bondad de un discurso se mide hoy en día por la forma y no por el fondo. Es decir, siguiendo el canon de la Retórica: se cuida la disposición, la elocución, la memoria y la acción, y con esto será suficiente para parecer que se ha dado un buen discurso, un discurso redondo. La invención (las ideas) no importa en absoluto, porque lo verdaderamente importante será la puesta en escena, las palabras bonitas, las oraciones que suenen bien, las expresiones engoladas… Decía Ramón de Campoamor que la grandilocuencia de la forma ocultaba la vacuidad del fondo, y no seré yo quien le quite la razón.

No diré más al respecto. Solo les pido que cuando vuelvan a escuchar a alguien pronunciar un discurso, una charla o una conferencia se pregunten «¿qué quiere decir?». Es probable, y más en el escenario político, que la respuesta sea «nada», pero que eso no les deprima, muy al contrario deberán alegrarse porque han sido conscientes del vacío que hay en muchas palabras.

#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

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