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La conversación

«Y así concluyo que el modo de hablar en el púlpito ha de ser el que tiene con sus amigos y con la gente que trata, sin hacer ninguna mudanza ni desentonarse de aquel tono común. Y en sola una cosa se ha de diferenciar, y es que eche la voz más recia.»

Modo de predicar y modus concionandi, Fray Diego de Estella (1570)

Fue noticia hace unos días la filtración de una conversación robada entre una Ministra y una periodista. Vaya por delante, para evitar acusaciones infundadas, que lo mismo da para el objeto de este artículo que la Ministra sea de acá o de acullá, incluso que sea Ministra o Ministro, ni tan siguiera lo que se decía es relevante aquí… No es el fondo (que sobre eso ya hemos tenido cientos de comentadores), sino la forma: no es el «qué», sino el «cómo» y las conclusiones que se pueden extraer de ese «cómo».

La Ministra nos tiene acostumbrados en sus apariciones públicas a una forma de hablar bien definida. Se podría decir que ese estilo es «marca de la casa»: te coloca inmediatamente en un lugar del espectro ideológico, sin que haya necesidad de prestar demasiada atención al significado de las palabras. Es, en este sentido (el de la propaganda), una forma de hablar muy eficaz.

La sorpresa saltó cuando, en esa conversación robada, se escuchó a la Ministra en un tono al que no nos tenía habituados. Su forma de hablar distaba años luz de lo que de ella conocíamos. No solo era un modo muy relajado de hablar, sino que llegaba incluso a ser algo «pijo» (ver nota al pie) y naíf.



Esto no pareció importarle a sus defensores, que llegaron a ver hasta un gesto de deferencia con la la «pobre periodista» (por favor, nótese la ironía), al descender la Ministra al supuesto nivel oratorio de la entrevistadora (sin percatarse de que podía ser la entrevistadora, por no violentar a la Ministra, quien optó por ese modo de hablar).

Se tildó la cuestión de «desliz oratorio», y donde hay «desliz» ya se sabe que hay poca cosa. Se intentó una enmienda a la totalidad de las críticas afirmando que quien se entretenía en la forma, no tenía nada que decir del fondo, como si no se pudiese hablar de una y otro por separado (argumento que valdría también para que, por ejejmplo, en un ejercicio de primaria de comprensión lectora no pudiera el docente tener en cuenta las faltas de ortografía cometidas, ya que es el fondo y no la forma lo que se juzga).


Se dijo también (como supuesto argumento de destrucción masiva) que lo que se había escuchado era una conversación privada (en un ambiente relajado y de confianza) y, por tanto, en nada empañaba la «brillante oratoria» pública de la Ministra. Y aquí está, precisamente, la madre del cordero, porque son esos espacios seguros de confianza en los que cada uno de nosotros nos mostramos tal y como somos. Y si lo que oímos aquí dista mucho de lo que oímos cuando habla en público, salvo que medie trastorno de la personalidad (que no es el caso), entonces hay impostura.


Es cierto que nadie habla en público como lo hace cuando habla con sus amigos, pero aunque haya distancia, esa no puede ser abismal, tal y como se aprecia en el ejemplo de la Ministra.


Sea como fuere, cuanto más se aleje uno del modo propio de hablar, más estará faltando a la verdad y más difícil será conocerle para quien le escucha. Es, sencillamente, la diferencia que media entre un orador y un charlatán. «Habla para que yo te conozca», decía Sócrates.


(Nota al pie): Def. RAE: 1. adj. despect. coloq. Esp. Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada.


#Oratoria #Comunicación #Hablar #Pensar

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