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«Han vivido»

Cuenta Mary Beard en su libro SPQR que Cicerón, que además de orador también fue político, tuvo que ordenar la ejecución de dos romanos que sabía que le granjearían la enemistad del pueblo. Como no podía eludir ejecutar la pena capital, pero tampoco quería ser la diana de las iras de los romanos, recurrió a las palabras para aminorar las críticas. Consumado el castigo, salió al balcón de su palacio y se dirigió al enfadado gentío con tan solo dos palabras: «han vivido». Cicerón informó del final trágico de los dos reos, pero evitó decir que habían muerto.


El eufemismo (esto es: decir con palabras suaves lo que dicho con las que les corresponderían sonaría duro o grosero) es una de las joyas oratorias indispensable en cualquier discurso. Además de indicar pericia en el manejo del lenguaje, evita (como en el caso de Cicerón) decir abiertamente cosas que sabemos que no serán bien recibidas.

El lenguaje común está lleno de eufemismos que todos hemos utilizado u oído en alguna ocasión: «empinar el codo» por «emborracharse», «pasar a mejor vida» por «morirse», «dar a luz» por «parir», «ajustar la plantilla» por «despedir» o «boutique del pan» por «panadería». Pero el abuso o el mal uso de esta poderosa herramienta puede hacer ridículo el mensaje de cualquiera y, sobre todo, hacerlo incomprensible.



Hace unos años, Laureano Oubiña afirmó que no era narcotraficante «sino transportista de hachís», lo que (se pueden imaginar) se convirtió en mofa nacional. Que esto le pase a un delincuente puede ser incluso hasta gozoso, pero que le ocurra a quien ostenta una responsabilidad pública es un desastre oratorio de magnitudes gigantescas.

Sin pretender ir más allá de lo estrictamente oratorio (y dejando de lado cualquier intención partidista) el eufemismo más popular hoy es, sin duda, la «nueva normalidad», en fuerte pugna con el término «desescalada» (palabro imposible que merece un comentario propio).


La «nueva normalidad» es la forma suave que se ha elegido para explicar que muchas cosas ya no serán como antes. Se prefiere utilizar una fórmula más «extraña» al lenguaje común, pero que puede ser digerida de una forma menos traumática, que decir que nuestra forma de relacionarnos cambiará de forma abrupta. El objetivo es, siempre, dulcificar una realidad desagradable o incómoda.


Que un eufemismo se convierta en chiste depende de muchos factores y no es culpa siempre de quien habla; pero la abundancia de ellos en un mismo discurso es un error que se comete con mucha frecuencia y lo que, por ejemplo, debería ser una declaración solemne se convierte en un gag de comedia.

Parece oportuno recordar, para terminar, una frase que se le atribuye a Cicerón (con quien hemos comenzado): «el hombre condena cuando no entiende».


#Oratoria #Comunicación #Hablar #Pensar

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