Buscar
  • el gallo de asclepio

El silencio

«Era en él costumbre invariable preguntar por la familia al hacer su saludo, y hablaba separando las palabras y poniendo entre los párrafos asmáticas pausas, de modo que el que le escuchaba no podía menos de sentirse contaminado de entorpecimientos en la emisión del aliento. Acompañaba sus fatigosos discursos de una lenta elevación del brazo derecho, formando con los dedos índice y pulgar una especie de rosquilla para ponérsela a su interlocutor delante de los ojos, como un objeto de veneración.» Benito Pérez Galdós, La de Bringas, 1884



Aunque en principio pueda resultar paradójico, uno de los asuntos más difíciles de manejar en oratoria son los silencios, o mejor dicho, cómo usarlos. Y cuando hablamos de «silencios» estamos hablando también de alguno de sus derivados, como pausas y ritmo.

El silencio forma parte del discurso al igual que lo hacen las palabras, aunque en menor medida y en distinto momento. Y para entender «cuándo» tenemos que recurrir a la división clásica de las partes de un discurso, desde que tenemos una idea que queremos contar hasta que finalmente la contamos: invención, disposición, elocución, memoria y acción.

No vamos a adentrarnos en los pormenores de esta división, simplemente vamos a decir que las partes que nos deben ocupar para esto de los silencios son la elocución y la acción.


La elocución es seguramente la parte más conocida de la oratoria porque es aquella en la que se decide de qué manera vamos a hablar. Desde la posición del cuerpo, hasta la ropa que nos vamos a poner, pasando por el tono de nuestro discurso y el estilo que le vamos a dar. Aquí es donde decidimos si queremos hablar rápido o despacio, si queremos o no gritar, si hablaremos delante de un atril o nos moveremos por la sala… y también otro montón de cuestiones que hay que resolver antes de pasar a la acción, que es el momento en el que finalmente nos enfrentamos al público. La diferencia entre la elocución y la acción estriba en que la elocución es lo que tenemos planeado y la acción es lo que realmente sucede.



Hechas estas aclaraciones, volvamos al tema del silencio. Seguro que tienen en mente el nombre de uno o dos políticos que hablan como si estuvieran cansados, con enormes pausas entre palabra y palabra, de estilo plano y con un ritmo extraordinariamente lento (casi exasperante). Tomémoslos como ejemplo de lo que no se debe hacer.


El silencio como herramienta dramática dentro del discurso no es ninguna novedad, pero al igual que ocurre con el humor, es tan resbaladizo que se puede pasar de la gloria al más absoluto de los ridículos en pocos segundos. Un silencio mal colocado, inoportuno o mal ejecutado puede arruinar el mejor de los discursos. También encontrarán ejemplos recientes sin esforzarse demasiado.


A pesar de lo que digan las abundantes frases motivadoras que puedan encontrar en Internet sobre el silencio, nunca callar es mejor que hablar. Lo que no se debe hacer bajo ningún concepto es hablar de lo que uno no sabe, pero nunca dejar de hablar. Termino con unas palabras de Sócrates que espero les animen a charlar, conversar, a departir, a dialogar (¡o como quieran llamarlo!): «habla para que yo te conozca».


#Oratoria #Comunicación #Pensar #Hablar

© 2016 por el gallo de asclepio.

  • Facebook de el gallo de asclepio
  • White Twitter Icon
  • Instagram de el gallo de asclepio