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  • el gallo de asclepio

El palabreo

«Legislar como en un barbecho, fantasear planes de educación y de vida común a la espartana, querer trocar en un día la constitución social de un pueblo con sólo arrojar cuatro garabatos sobre el papel, tomar palabras huecas y rasgos de retórica y novelería por fundamentos de un Código, cual si se tratase de forjar reglamentos para el orbe de la luna… puede ser ejercicio lícito, aunque sandio de estudiantes ociosos, pero es vergonzosa e indigna puerilidad en hombres de gobierno.» Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles.

Créanme si les digo que hablar sin decir nada y parecer que se está diciendo algo es de un virtuosismo digno de admiración. Y cuando digo «hablar» incluya usted también «escribir». No sería justo condenar por idiotas o necios a quienes ejecutan esta práctica con evidente maestría.

Hoy, que todo el mundo es tuitero, antes que otra cosa («tuitero Presidente» o «tuitero Ministro»), y las redes sociales devoran, digieren y expulsan cualquier idea en menos de lo que canta un gallo, la necesidad de alimentar varías veces al día a la bestia es un trabajo duro en el que se ve bien quien es maestro de palabreo.

Ya se imaginarán que aunque esta habilidad sea admirable, no deja de ser una forma de engaño, haciéndonos creer que hay sustancia en donde, como mucho, lo que hay es una concatenación de sonidos que agradan al oído.

La pregunta es: ¿cómo saber si estamos cayendo en las redes de esta formidable destreza? No hay, desde luego, un manual de uso, pero como no hay nada nuevo bajo el Sol, son muchos los manuales de Oratoria que nos enseñan algunos «trucos» que nos permiten identificar la trampa.


La adulación. Desconfíe usted de un tuit que comience diciéndole lo bien que lo ha hecho (sea lo que sea lo que haya hecho), porque esta es la forma más burda de ganarse a la audiencia. Nos han llamado «héroes» por quedamos en casa durante el confinamiento, y la realidad es que nos quedamos porque nos obligaba la ley (y eso, déjenme decirles, no parece muy «heroico», en el sentido canónico de la palabra).



El uso de figuras retóricas es otro de los indicadores que deben ponernos en alerta. Los más hábiles las usaran sin que nadie se percate, se entere o se fije (*). Los más torpes (y también los más creídos de sí mismos) no podrán resistir la tentación de hacer de un tuit una pieza magistral de la literatura universal, preferentemente dentro del campo de la poesía, o de convertir los 280 caracteres en una sentencia aleccionadora para las generaciones venideras, que no pasará de juego de palabras cursi y pedante. Se abusa de la aliteración (repetir un fonema de manera machacona) y de la enumeración (soltar una retahíla de palabras que parezcan estar conectadas, como por ejemplo «insistir, persistir, resistir y nunca desistir»), para darle cierta verosimilitud a un mensaje que está completamente vacío de contenido… «Si suena bien» pensarán, «es suficiente».


Las palabras «genéricas» (el pueblo, la gente, la sociedad) son buen refugio de palabreros: «el pueblo pide», «la gente ha hablado», «la multitud clama por», «la juventud quiere», &c. No hay mejor escondrijo para la falsedad que apelar a un todo indefinido como, por ejemplo, «la gente», que sabemos que no podrá contestar de ninguna de las maneras. Así que si yo digo «la gente sabe que lo mejor para ellos es que yo siga escribiendo este blog», podré tener todos los comentarios en contra que se quiera de personas individuales (con nombre y apellidos), pero nunca de «la gente» y seguiré pudiendo apelar a esa idea tan espumosa para justificar lo que me venga en gana.


Quizá el obstáculo más grande que tenga que salvar será el de admitir públicamente que no se está enterando de nada de lo que le están diciendo: porque tiene que saber que una de las bazas con las que juegan estos trileros de la palabra es la de confiar en que nadie admitirá que no entiende, aunque lo que digan no tenga ni pies ni cabeza. Admitir que no se entiende puede ser el primer paso para denunciar que no hay nada que entender.

Sé que no es mucho lo que he dado, pero bastará, si no para desenmascarar a palabreros y charlatanes, sí para empezar a dudar de algunas cosas que les digan. Yo ya no puedo hacer más, ahora es cosa suya.


#Oratoria #Comunicación #Hablar #Pensar

contacto@elgallodeasclepio.es


(*) Aquí le he colado un tricolon y una anáfora para decir con muchas palabras lo que podría haber dicho en una, y que parezca, así, que digo más de lo que estoy diciendo («percatarse», «enterarse» y «fijarse» son sinónimos).

© 2016 por el gallo de asclepio.

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