El mitinero

«Aquel es buen orador, que persuade la razón» (Hernán Nuñez, Refranes o proverbios en romance, c1549)

La verdadera fuerza de un orador se muestra cuando persuade a quien lo escucha de que sus palabras son las adecuadas. No hay más. Pero con demasiada frecuencia se confunde al buen orador, al que convence, con el orador que habla ya a convencidos y, por tanto, no necesita persuadir a nadie de nada, porque (por decirlo de forma ordinaria) ya vienen persuadidos de casa.


De ahí que, a las salidas de los mítines, encontremos a entusiastas feligreses alabando la buena oratoria de quienes han ido a escuchar, sin que medie crítica alguna sobre el argumentario utilizado para exponer su parecer. Tampoco hace falta, porque bastará para estos con que el orador no comenta ningún desliz en su discurso. Para el orador, esto requerirá el mismo esfuerzo que el que haga al hablar frente a un espejo.



Si un orador no necesita convencer ¿se puede decir, entonces, que es buen orador? Hay quienes afirman que «hablar bien» consiste en saber construir una buena subordinada y manejar cierto número de palabras (más de 2000), pero esto no es más que quedarse en la superficie de lo que pretende la Oratoria. Dicho en forma de filosofía vulgar: es quedarse con el sonido de la palabras y no con el sentido.


Hablar para convencidos, mitinear, no tiene ningún mérito (si acaso el de una prosa cuidada). El verdadero reto para un orador es enfrentarse a una audiencia, si no adversa, poco partidaria. Bien lo sabía Benito Jerónimo Feijoo cuando comenzó su «Defensa de las mujeres» de esta manera:


«En grave empeño me pongo. […] defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres.» (Teatro Crítico Universal, tomo primero, discurso XVI, siglo XVIII)

Anselmo de Canterbury (San Anselmo), el del argumento ontológico, sabía lo complicado de su tarea: demostrar la existencia de Dios; porque no lo hacía para creyentes, sino para «el insensato que ha dicho en su corazón: Dios no existe» (Proslogion).


Por esto los discursos más recordados, no son los discursos «bonitos», son aquellos que marcaron un antes y un después, aquellos que persuadieron de hacer o conseguir algo a quienes no estaban convencidos de ellos. Aquellos en los que la fuerza radicaba en la razón de sus argumentos y no solo en la belleza de sus palabras. Espero haberles convencido.


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