El elogio

No es ningún misterio que, salvo que medie algún tipo de retorcida intención, el objetivo de quien habla en público es ganarse al auditorio. No he conocido a nadie que, a priori, desee ser objeto de abucheos e insultos tras dirigirse a la concurrencia (aunque si conozco a personas han justificado los abucheos, a posteriori, argumentando que esa era su intención inicial. Seguramente, cegadas por su enorme ego).


Hay muchas formas de hacerse merecedor del beneplácito del público, pero una de las más comunes es la de, sencillamente, elogiar a quienes te escuchan: «gracias por vuestro esfuerzo», «os doy las gracias de corazón», «el mérito es gracias a todos», &c, y todas aquellas fórmulas que hagan que quienes escuchan se sientan partícipes de las alabanzas.

Y si bien a nadie le parecerá complicado, incluso poco arriesgado, lisonjear a la audiencia, antes bien, es adentrarse en un terreno muy resbaladizo para el que se podría usar como regla general la famosa sentencia de Baltasar Gracián: «lo bueno si breve, dos veces bueno; y lo malo, si poco, menos malo».

Decía Quintiliano que los necios son especialmente atrevidos, que no desechan ninguna expresión y que se atreven con todo, y como evitan «meterse en argumentos y cuestiones […] solo atienden a lisonjear torpemente los oídos del auditorio». Así que sí: uno de los principales peligros a los que nos enfrentamos ante el exceso de halagos es que nos confundan con personas necias (si es que no lo somos ya).


Platón, puso en boca de Sócrates (y así lo recoge Aristóteles) otra de las grandes cuestiones sobre el elogio: «lo difícil no es elogiar a los atenienses entre atenienses, sino entre lacedemonios». Porque halagar a quienes ya tenemos ganados no se puede considerar mérito de quien habla, sino todo lo contrario.

Poco más se puede decir del elogio, salvo advertir de lo fácil que es caer en el ridículo o en el descrédito, si no se usa en su justa medida. A propósito de otro asunto, que nada tiene que ver con la oratoria, afirmó Benito Jerónimo Feijoo que la armonía de la lisonja impide escuchar las voces de la razón. Este es el peligro que se debe evitar a toda costa: alejarse de la razón y de los argumentos. El elogio como herramienta de un psicologismo inútil (al que frecuentemente nos abandonamos) que permite alejarse de las cosas importantes en el discurso y evitar afrontar problemas reales.


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