El diálogo

«Los entendimientos no podían estar por mucho tiempo en la duda, en ese marasmo que suspende la vida. Los corazones, cansados de aquel antiguo diálogo de errores, buscaban instintivamente en las entrañas del tiempo la ciencia, el rayo de luz que debia aclarar el camino de la vida. Entonces nació Sócrates.» Emilio Castelar, La civilización en los cinco primeros siglos del cristianismo [Discursos políticos y literarios], 1859

Se abusa tanto de la palabra diálogo que, poco a poco, está empezando a vaciarse de contenido para quedar arrinconada como una de esas palabras aburridas que oímos en los discursos y que no significan nada.

Personas de todo tipo y condición apelan al diálogo para resolver problemas o conflictos, pero por alguna razón que parece imposible de desvelar, la solución nunca llega (en algunos casos, porque ni tan siquiera llega el propio diálogo).

Si usted navega con Google encontrará que en la sección de noticias aparece la palabra «diálogo» casi 52 millones de veces y 1.290 millones de veces en una búsqueda general. Pero aunque creamos que el «diálogo» es una esencia inmutable de la convivencia ciudadana y que siempre ha estado ahí, la verdad es que tuvo su esplendor allá por el año 2002, con una ligera caída hasta el año 2017, en el que parece estar viviendo una segunda época dorada. Así que si ustedes notan sobreabundancia de «diálogo» en su entorno, sus sentidos no les engañan: efectivamente las estadísticas (1) dicen que llevamos unos años usándola con un fervor inusitado.

No resultará sorprendente si digo que uno de los motivos por los que el diálogo no parece funcionar en la resolución de conflictos es porque, a pesar de apelar a él de forma extenuante, finalmente no se practica la «discusión en busca de avenencia» (2). Esta acepción se incorpora al DRAE en 1992 (hace nada, si tenemos en cuenta la vida de las palabras), mientras que la primera («plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos») aparece recogida desde 1780.

«La solución tienen que venir por el diálogo» o «solo encontraremos una solución a través del diálogo» son un ejemplo (real) del sentido que que le hemos venido dando a la palabra «diálogo». «¡Del diálogo a la solución!» parece ser el grito que levanta pasiones y excita las plumas de los más excelsos «opinadores».


Sea como fuere y al margen del apunte histórico (3) (que, definitivamente, no se puede dejar al margen) hoy, más que nunca, es pertinente recordar tanto el diálogo de besugos («conversación sin coherencia lógica») como el diálogo de sordos («conversación en la que los interlocutores no se prestan atención») como acepciones más reales de lo que se quiere decir cuando se apela al diálogo: «dialoguemos, sí… Pero no se olvide que yo tengo razón».


Notas al pie:

(1) Google ngram.

(2) Tercera acepción de la palabra «Diálogo» en el DRAE.

(3) No me olvido de mencionar, aunque sea como nota al pie, los Diálogos platónicos, tan útiles y recomendables hoy en día.


#Oratoria #Comunicación



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