Deslumbrar

«Algunos grandes ingenios adornan y visten la lengua castellana (hablando y escribiendo, orando y enseñando) de nuevas frases y figuras retóricas que la embellecen y esmaltan con admirable propiedad […] Pero la mala imitación de otros, por quererse atrever con desordenada ambición a lo que no les es lícito, pare monstruos informes y ridículos.» (La Dorotea, Lope de Vega, 1632)

Son tiempos de deslumbramiento con expresiones inéditas y nuevas palabras. Una «neolengua» cuya implantación parece inspirada por Gramsci («la realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad»).

La cuestión es que cuando se inventa una expresión o una palabra y se lanza a la plaza pública para ser usada, se está haciendo una apuesta que puede acabar como se recoge en la cita de Lope de Vega que precede a este artículo: «monstruos informes y ridículos».

Cada día que pasa nos enfrentamos, sobre todo en política, a una curiosa tarea: descifrar lo que se nos están diciendo. Aunque el lenguaje de la política (como cualquier otro) debiera ser claro y sencillo, asesores de imagen y formadores de portavoces se empeñan en llenar los discursos de grandilocuentes expresiones y estúpidos palabros que dificultan su entedimiento. ¿Por qué ocurre esto? ¿Nos hemos vuelto locos?


Responderé primero a la segunda pregunta: no, no nos hemos vuelto locos. Solo es un problema de estupidez. Creer que hablar bien es emplear palabras inexistentes («cuarentenar»), usar palabras poco comunes («incerteza») o utilizar palabras que suenan bien pero que no significan lo que se quiere decir («basamento») no es ya solo desconocer tu propia lengua, sino algo más grave e imperdonable en oratoria, desconocer a las personas a las que estás hablando.

En ocasiones, se intenta compensar la lejanía que provoca el abuso de vocablos imposibles con un exceso de sentimentalismo (en oratoria: pathos), lo que dicho en forma de refrán «hace peor el remedio que la enfermedad»: si en primera instancia corríamos el peligro de tener un discurso poco comprensible, ahora también nos amenaza la posibilidad de un discurso alejado de la razón (en oratoria: logos).

No es mala cosa que un orador nos deslumbre con sus bonitas palabras, con sus adecuadas expresiones y con su adecuado gesto; pero seamos prudentes y recordemos que «cegar», «ofuscar» y «confundir» son también sinónimos de «deslumbrar».


#Oratoria #Comunicación #Hablar #Pensar

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